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jueves, 22 de octubre de 2020

Reflexiones de servilleta. Cambio de hora

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El cambio de hora, cómo te atonta, ¿verdad?

Me cuentas que hace poco, de pronto, en la madrugada del sábado al domingo, a las 2 eran ya las 3. Y no sabes donde queda esa hora, dices.

Quizá en un limbo extraño, de horas tristes y errantes sin aprovechar, sin bebés a los que dar la bienvenida, ni conciertos, visitas al frigorífico ni besos furtivos. Horas en las que nadie deshojó margaritas ni emborronó cuartillas, sin ronroneo de gatos. Sin consistencia, pero con la vaga conciencia de las conversaciones de los contactos bloqueados en Whatsapp.

Y ese domingo fatídico en que nada acaba de cuadrarte, sientes una especie de borrachera, un “no sé qué” vago, pero recurrente como un deja vú.

Menos mal que la hora del móvil se cambia sola y también la del ordenador, incluso la de algunos coches. Pero el reloj de pulsera, el de la cocina y el salón, esos, más pronto que tarde, los buscas y manipulas sus manecillas. Siempre tienes cuidado, pero aún así, casi nunca eres capaz de dejar el minutero exactamente igual que estaba.

No pasa nada, realmente, si solo son relojes, concluyes.

Además, esa sensación de jet-lag, en algún momento acaba desapareciendo. Llega una tarde en la que te anima que, a las ocho y pico, casi las nueve, aún haya luz. Luz para pasear, para quedar con los amigos, para atender a tus macetas, para tender la ropa. Para sentir que el día estira más, aunque mañana madrugas igualmente, sin darte cuenta de que, quien se estira un poco, eres tú, realmente.

Pero…

Siempre hay un “pero”, al parecer.

¿Qué pasa si vives cambiando la hora continuamente? ¿Qué pasa con quien hace por mantenerte así?

Ajustando manecillas, comprobando dispositivos de forma perenne, todos los días del año, en cada momento.

Porque no eres suficientemente buen@. Porque lo fuiste demasiado y eso agobió.

Porque hoy toca el huso peninsular y mañana, el de Canarias.

Porque te dan una de cal, otra de arena y cien problemas por cada solución. Te tienen andando de puntillas, observando, intuyendo, previendo. En una tensa espera y siempre echando miradas de reojo a las señales, a la hora, sea cual sea.

Personas que no conceden un piropo sin contrapartida. Que te ignoran en un momento dado, pero conocen cada uno de tus movimientos.

Que podrán verte, pero solo en tal preciso y precioso momento. Esas que sabes perfectamente que posponen, cancelan y “ya-si-eso” te avisarán.

Que te cuentan sus problemas, te quieren al rescate, pero suspiran si te quejas y te ponen en “modo avión”.

Y si intentas quitar hierro a los asuntos, eres tan inconsciente, superficial. Te falta madurez.

Hoy te adoran, eres de lo mejorcito de su club selecto. Pero mañana, pueden mirarte raro si opinas de forma distinta, si pides o reclamas. Si te mueves con más autonomía de la cuenta.

Lo mismo podrías hacerte el favor de mirar a ver si tienes alguna en tu vida. De esas que te hacen gastar pilas, romper manecillas, corromper segunderos, forzar mecanismos, con tanto cambio de hora.

De esas que te quieren como un reloj: predecible, constante, manipulable. Y desde luego, sustituible.

Mira por tu maquinaria, que es infinitamente más sensible y sofisticada. Y es la que tienes a lo largo de todo el camino. Cuídala.

Cuídate de tanto relojero.

Recuerda y recuérdate siempre: tú mismo…y tu mecanismo.

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