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jueves, 22 de octubre de 2020

Normalizar la maldad

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Querido Diego…

Hoy te habla la niña y la adolescente que a veces olvido, vacaempollonapelosdeestropajocarapaella. Somos muchos los que hoy por hoy lloramos por tí, pero pocos los que te entienden como ella. Pocos pueden comprender cuanto debiste sufrir, cuan irrespirable se hizo tu día a día en el colegio, como de fuerte era el nudo que te atenazaba por dentro y que incluso te dejó meses sin voz. Tu inteligencia y tu sensibilidad, muy por encima de la media, (lo hemos percibido muchos de todos los que hemos leído tu carta) tan sólo sirvieron para que abarcaras en toda su complejidad el problema, que terminó por sobrepasarte.

Vivimos en una sociedad en la que el que pega primero, pega dos veces. El sufrimiento (siempre de otro, del vecino) es aceptable y forma parte de nuestra cultura, diestra en escarnio y en hacer de la tortura un arte lucrativo. Los mayores relativizan los problemas de los chavales, ¡ellos tienen hipotecas y plazos!

Hacer de menos este tipo de actitudes, “porque son cosas de niños” es una de crueldad y y escasez de miras enormes. Es normalizar la maldad. ¿Echamos cuentas de cuanto dura la jornada de un chaval acosado entre clases y extraescolares y multiplicamos por cinco días a la semana, un mes, un año tras otro?

Los adultos, profesores y no profesores, van muchas veces por la vida con un espíritu mercenario que se atreven a proyectar e instituir. Porque el problema es del niño al que se tacha de raro, débil. No sabe gestionar sus emociones ni la frustración. ¡Hace un mundo del hecho de sentirse perseguido en un lugar donde, total, sólo tiene que estar un mínimo de seis horas al día!

Es más fácil hacerle ver a Diego que la vida es así, la gente (¡escucha, uno no, la gente!) es mala y acosa, insulta, humilla. Imbuirle de un (falso, rastero) estoicismo perverso. Colgarle etiquetas nuevas, “exagerado, hipersensible, victimista” que se sumen a las que ya le hayan endosado (gordo, llorica, soso, cuatro-ojos, marica, empollón…). Es más fácil hacerle ver lo blanco negro, hacerle dudar de la legitimidad de sus sentimientos y sus quejas, para que no se queje. Normalizar el sufrimiento, sobre todo que no se queje. Porque los adultos de tu colegio, querido Diego, tienen que cumplir sus programas didácticos, entregar sus informes en plazo, pagar sus facturas y llevar la agenda al día. Si alguno pensó en hacerlo mejor, atenderte, investigar y entrar de lleno en el fregado, ya le quitarían las ganas los compañeros (no te inmiscuyas tanto…¡ni que fueras a heredar esto!)

Porque poner a los pequeños cabrones acosadores de mierda en su sitio requiere un esfuerzo enorme, una atención agotadora en clase a las miraditas, las risas sofocadas, los ojos llorosos, los retintines, las puyas…¡sin olvidar los recreos!

Por no hablar de la gran atención que supondría a todos los mayores, en casa, estar atentos de si sus retoños no son más vivos de la cuenta, hirientes, ávidos buscadores de llagas donde hincar con saña el dedo, el diente y toda la mala leche que, increiblemente, han mamado de esta sociedad. Asimilada horrible milk a través de la tele, las actitudes de quienes les rodean (rajando del vecino, ridiculizando a la suegra, explicando como se han escaqueado del jefe, riéndose del subordinado, del cuñado, del dueño del bar de abajo…) o de los comentarios que se hacen con “la ropa tendida”. No, por favor, supondría un ejercicio de autoevaluación agotador, una exigencia de dar ejemplo demasiado absorbente, una rutina que buena parte de padres-profesores pueden -ni quieren- exigirse.

Lo fácil, Diego, era mirarte con condescencia y echar la pelota a tu tejado. Lo fácil era minimizar el problema ante tus preocupados progenitores, que se vieron y se ven impotentes, desolados. Que te quieren, igual que tu a ellos, con locura, como sabemos los que hemos leído tu carta. Tus padres, que como tú, fueron instados a no exagerar, a dejar pasar estas cosas, estas pequeñeces de la tortura diaria todos los días, cinco días a la semana. Tus padres, que no optaron por lo fácil, que criaron a un niño bueno, cariñoso, estudioso, sensible, un gran escritor en potencia. Tus padres, que tan atentos e implicados estuvieron.

Pero no era suficiente y tu eso lo entendiste, desde tu alma tan niña y tan vieja por cansada. No había otra forma de dejar de ir colegio, pensaste. O seguramente, si que la había, tuviste que darte cuenta. Pedir que te cambiaran de colegio y ver como la pelota que tan maliciosamente habían puesto en tu tejado, se hacía más grande a base de preguntas, visitas, insinuaciones veladas, burocracia, rumores, la impunidad de los de siempre, sufrimiento para tí y tu familia. Y desde la escasa autonomía de un niño y la impotencia de ver que los planetas y las personas no solo se pueden alinear, sino también hacerlo en tu contra, no viste otra salida.

Querido Diego, yo no sé a ciencia cierta si ese cielo del que hablas en tu carta existe. Pero vacaempollonapelosdeestropajocarapaella insiste en que sí, que existe, que tu estás ahí, meciendo a la bebé que tiraron de las alturas en Vitoria, jugando con más ángeles que ya han superado las guerras, el hambre, la violencia de los grandes.

Y yo la creo.

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